Los Fantasmas que Gobiernan: El Uso del Enemigo Histórico como Licencia para Reprimir el Presente
Photo: United States. Central Intelligence Agency, Public domain, via Wikimedia Commons
Existe una paradoja perturbadora en el corazón de ciertos autoritarismos latinoamericanos contemporáneos: cuanto más insisten en haber derrotado a sus enemigos históricos, más los necesitan vivos. El fantasma del adversario vencido —la oligarquía de antaño, el imperialismo de otra era, la subversión ya extinta— cumple una función política irremplazable: legitima poderes de excepción que de otro modo serían indefendibles.
Este ensayo examina esa operación retórica con la atención que merece, porque detrás de su aparente nostalgia se esconde una arquitectura de control muy presente y muy concreta.
La Mecánica del Enemigo Necesario
Todo régimen que aspira a justificar medidas extraordinarias necesita una amenaza extraordinaria. Cuando esa amenaza no existe en el presente con la magnitud requerida, la solución más eficiente es rescatarla del pasado. La historia latinoamericana ofrece un repertorio abundante: dictaduras militares, oligarquías terratenientes, intervencionismo extranjero, paramilitarismo. Experiencias reales, con víctimas reales, cuya memoria legítima puede ser instrumentalizada para otros fines.
El mecanismo funciona en tres tiempos. Primero, se evoca el trauma histórico con suficiente detalle para activar memorias colectivas genuinas y el dolor que las acompaña. Segundo, se establece una continuidad ficticia entre ese pasado y el presente: los adversarios actuales son presentados como herederos, agentes o reencarnaciones del viejo enemigo. Tercero, se concluye que las medidas excepcionales que se aplicaron contra aquel peligro original son igualmente necesarias —quizás más— para enfrentar su versión contemporánea.
El resultado es una geometría política donde cualquier crítica al gobierno se convierte, automáticamente, en colaboración con el enemigo histórico. La disidencia no es una posición legítima: es traición.
Cuando la Memoria se Convierte en Arma
Es necesario distinguir con cuidado entre dos usos radicalmente diferentes de la memoria histórica. El primero es el uso reparador: recordar el pasado para hacer justicia a las víctimas, construir garantías de no repetición y educar a las nuevas generaciones. Este uso fortalece la democracia. El segundo es el uso instrumental: seleccionar y magnificar ciertos episodios del pasado para fabricar un estado permanente de alerta que justifique la concentración del poder. Este uso la corroe.
En varios países de la región, el discurso oficial ha perfeccionado la segunda modalidad hasta hacerla casi indistinguible de la primera. Se habla de las víctimas de la dictadura para justificar la persecución de periodistas. Se invoca la memoria de la resistencia popular para criminalizar la protesta social. Se cita el imperialismo histórico para bloquear la supervisión internacional de elecciones cuestionadas. La forma es la de la memoria; el contenido es el del control.
Casos que Revelan el Patrón
El patrón se repite con variaciones en distintos contextos nacionales. En algunos países, la figura del «golpista» se ha expandido semánticamente hasta incluir a cualquier actor que cuestione decisiones gubernamentales, desde rectores universitarios hasta sindicalistas. En otros, la amenaza del «neoliberalismo» —sistema económico con consecuencias reales y documentadas— sirve para descalificar cualquier debate sobre gestión pública, como si la sola mención de sus costos convirtiera al hablante en agente de ese sistema.
Lo que estos casos comparten no es la ideología específica del gobierno en cuestión, sino la estructura argumentativa: un pasado peligroso, una continuidad trazada con líneas gruesas y una conclusión que siempre apunta hacia más poder para quienes ya lo tienen.
El Silenciamiento de la Disidencia Interna
Quizás el efecto más dañino de esta política de la nostalgia amenazante sea el que ejerce sobre quienes comparten, en términos generales, los valores del proyecto político gobernante pero discrepan de sus métodos o resultados. Estas voces —las más incómodas para cualquier autoritarismo, porque no pueden ser fácilmente etiquetadas como enemigas— son las primeras víctimas de la lógica del enemigo histórico.
Si señalar corrupción equivale a hacerle el juego a la oligarquía, si criticar la gestión económica equivale a colaborar con el imperialismo, si exigir transparencia equivale a apoyar el golpismo, entonces el espacio para la crítica interna se reduce a cero. El régimen se vuelve, por definición, incriticable desde adentro. Y esa impermeabilidad a la autocorrección es precisamente la condición que hace al autoritarismo tan peligroso y tan duradero.
El Costo Democrático de Gobernar con Fantasmas
Las democracias requieren, para funcionar, que el desacuerdo sea legítimo. No meramente tolerado, sino reconocido como parte constitutiva del proceso político. Cuando un gobierno decide que la oposición no es una posición diferente sino una amenaza existencial vinculada a los peores episodios de la historia, está desmantelando uno de los pilares fundamentales del sistema democrático.
Este desmantelamiento raramente ocurre de golpe. Sucede en capas sucesivas: primero se deslegitima a los adversarios más visibles, luego a los medios que los cubren, después a las organizaciones de la sociedad civil que los defienden, finalmente a cualquier ciudadano que exprese dudas. Cada paso se justifica con la misma referencia al pasado peligroso. Cada restricción se presenta como una necesidad defensiva, no como una elección autoritaria.
La Verdad como Antídoto
Frente a esta operación, el periodismo tiene una responsabilidad específica: nombrar la diferencia entre el pasado real y su uso instrumental. Reconocer que las injusticias históricas existieron no obliga a aceptar que su invocación en el presente sea siempre honesta. La memoria merece mejor destino que convertirse en coartada.
Desde La Gracia y La Verdad sostenemos que la verdad sin concesiones incluye la disposición a señalar el autoritarismo independientemente de la bandera que lo vista. Un gobierno que gobierna con fantasmas no está protegiendo a su pueblo de los errores del pasado: está usando esos errores para cometer los propios, con la ventaja adicional de haber convencido a muchos de que lo hace en nombre de la justicia.
Los fantasmas no gobiernan solos. Necesitan que alguien los invoque, los mantenga vivos y los dirija contra los vivos. Identificar quién hace ese trabajo, y por qué, es el ejercicio político más urgente de nuestra época.