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¿Quién Mueve los Hilos? Cómo Identificar Cuando una 'Revolución Popular' es en Realidad una Campaña de Relaciones Públicas

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¿Quién Mueve los Hilos? Cómo Identificar Cuando una 'Revolución Popular' es en Realidad una Campaña de Relaciones Públicas

Photo: DinoSoupCanada, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Hay algo profundamente seductor en la imagen de miles de personas marchando por una causa. La multitud como expresión de voluntad colectiva es uno de los símbolos más poderosos de la democracia. Precisamente por eso, esa imagen ha sido apropiada, replicada y falsificada por actores con recursos suficientes para simularla.

El fenómeno tiene nombre: astroturfing. El término proviene del inglés y alude a una marca de césped artificial, AstroTurf, cuyo nombre se convirtió en metáfora de cualquier movimiento que aparenta ser una raíz popular espontánea pero que en realidad ha sido sembrado, regado y mantenido por intereses ajenos a quienes supuestamente representa.

En América Latina, el astroturfing político no es una rareza académica. Es una industria.

Los orígenes del fenómeno y su versión latinoamericana

En su forma clásica, el astroturfing fue perfeccionado por corporaciones tabacaleras y petroleras en Estados Unidos durante los años ochenta y noventa: frente a evidencia científica que amenazaba sus negocios, crearon organizaciones de «ciudadanos preocupados» que parecían independientes pero respondían a guiones corporativos.

En América Latina, la táctica se adaptó a las particularidades regionales. Aquí el astroturfing no siempre viene de grandes corporaciones transnacionales —aunque también—, sino de partidos políticos con acceso a recursos del Estado, de grupos empresariales que buscan bloquear regulaciones inconvenientes y, en algunos casos, de gobiernos extranjeros con intereses en la estabilidad o inestabilidad de determinados países.

La investigadora colombiana Sandra Borda ha señalado que en la región existe una tradición de «movilización inducida» que data de la Guerra Fría, cuando tanto Washington como Moscú financiaban organizaciones civiles para simular apoyo popular a sus respectivos aliados regionales. Lo que cambió en el siglo XXI es la escala, la velocidad y la sofisticación técnica disponible.

Cinco señales que distinguen el activismo genuino del fabricado

1. El origen del financiamiento

Esta es la pregunta más importante y, con frecuencia, la más difícil de responder. Los movimientos orgánicos suelen sostenerse con pequeñas donaciones individuales, trabajo voluntario y recursos modestos. Las campañas de astroturfing, en cambio, cuentan con presupuestos que permiten producción audiovisual profesional, eventos logísticamente impecables y presencia mediática desproporcionada para su tamaño real.

Cuando en 2013 surgieron en Brasil grupos aparentemente ciudadanos que protestaban contra la corrupción del Partido de los Trabajadores, la investigación periodística posterior reveló que varios de esos colectivos recibían financiamiento de institutos liberales vinculados a grandes grupos empresariales y a redes de fundaciones internacionales con agenda ideológica explícita. El mensaje parecía popular; el dinero tenía apellido.

2. La ausencia de liderazgos orgánicos

Los movimientos genuinos producen líderes desde adentro: personas que emergen de la comunidad afectada, que tienen historia personal con la causa, que pueden ser interpeladas y cuestionadas. El astroturfing suele recurrir a portavoces intercambiables, figuras mediáticas prestadas o «activistas» cuyo historial público no guarda relación con la causa que defienden.

En México, durante la campaña contra la reforma educativa de 2013, surgieron cuentas en redes sociales con perfiles elaborados de «maestros preocupados» que, al ser investigados, correspondían a personas sin vínculo alguno con la docencia o que simplemente no existían como tales.

3. La coordinación demasiado perfecta

Los movimientos reales son caóticos, contradictorios y difíciles de controlar. Cuando una campaña aparentemente espontánea exhibe mensajes idénticos replicados en decenas de ciudades simultáneamente, utiliza los mismos hashtags con exacta sincronización y produce materiales gráficos con coherencia de identidad corporativa, hay razones para sospechar.

El análisis de metadatos en publicaciones de redes sociales puede revelar patrones de publicación que no corresponden a comportamiento humano natural: cuentas que publican a horas imposibles, que comparten exactamente el mismo texto con segundos de diferencia o que fueron creadas en masa en el mismo período.

4. El adversario conveniente

Pregúntate: ¿a quién beneficia específicamente este movimiento? Los movimientos orgánicos suelen tener demandas difusas, a veces contradictorias entre sí, porque representan a comunidades reales con intereses diversos. Los movimientos fabricados, en cambio, tienen un adversario muy preciso y un beneficiario muy claro, aunque ese beneficiario no aparezca en los carteles.

5. La relación con los medios hegemónicos

Una protesta genuina que incomoda al poder tiende a ser ignorada o criminalizada por los grandes medios de comunicación. Una campaña de astroturfing, en cambio, suele recibir cobertura generosa y favorable de los mismos medios que ignoran protestas auténticas de menor visibilidad. La pregunta no es si un movimiento tiene cobertura mediática, sino qué tipo de medios lo cubren y con qué enfoque.

El caso paradigmático de las «guarimbas» venezolanas

Venezuela ofrece uno de los ejemplos más estudiados de la región, aunque la complejidad del caso exige matices. Las protestas opositoras venezolanas han oscilado entre la expresión genuina de un hartazgo popular real y la instrumentalización por parte de sectores que recibían financiamiento externo documentado, incluidos fondos de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y de la National Endowment for Democracy.

Esto no invalida el sufrimiento de quienes salieron a las calles. Pero sí obliga a distinguir entre el ciudadano que protesta por razones legítimas y la infraestructura organizativa que canaliza esa energía hacia objetivos que no necesariamente coinciden con las demandas originales de la base.

Esa distinción —entre el sentimiento auténtico y la maquinaria que lo instrumentaliza— es precisamente la que los promotores del astroturfing buscan borrar.

El rol de la ciudadanía crítica

La respuesta a este fenómeno no es el cinismo generalizado ni la desconfianza hacia toda forma de movilización colectiva. Esa actitud es, paradójicamente, otro de los objetivos del astroturfing: si logra que el ciudadano desconfíe de todos los movimientos por igual, habrá neutralizado también la protesta legítima.

La respuesta es la curiosidad metódica. Antes de unirte a una causa, compartir un hashtag o asistir a una convocatoria, dedica diez minutos a investigar: ¿quién la organiza?, ¿tiene personería jurídica?, ¿sus estados financieros son públicos?, ¿sus líderes tienen historia verificable en la causa que defienden?

En un continente donde la desigualdad produce protestas reales y urgentes a diario, la capacidad de distinguir la indignación genuina de la indignación manufacturada no es un ejercicio intelectual. Es una condición para que la democracia funcione.

Desde La Gracia y La Verdad sostenemos que el periodismo con conciencia incluye también el periodismo que enseña. Porque una ciudadanía que sabe leer los movimientos sociales con ojos críticos es una ciudadanía que no puede ser fácilmente manipulada, ni desde la derecha ni desde la izquierda. Y en América Latina, esa inmunidad crítica es, quizás, el bien político más escaso y más necesario.

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